Esperar

Poca gente (acaso nadie) me pregunta cuál es mi secreto. Pero vamos a ver, motivado sin fin, ¿te crees en condiciones de vender por ahí tu manual de vida?, ¿acaso estás para dar consejos, con cuatro duros en el banco, sin curro estable a la vista, con un catre que no hace más que acumular polvo, y una cabellera que ralea cada día un poco más?, ¿esta es la mercancía que pones en venta?; te vas a comer los mocos como que el agua moja, sietemesino.

Vale, sí, si no pasas del snorkel, mi vida te podrá parecer una de tantas, un coñazo con menos glamur que Rajoy en gayumbos; pero si le das una vuelta y no le temes a la apnea, te darás cuenta de que lo importante no es tanto por dónde ando como de dónde vengo. Ojito, dramón a la vista: me malicio una de Almodóvar con final frankcaprense. Otra vez a dar mucha penita a ver si hay suerte y el estiaje piltreño acaba en Monzón, ¿verdad, babosín?

A lo que voy es que las he pasado muy putas y hoy me siento muy bien. Cuando uno viene del submundo, asomar la gaita por encima de la ponzoña y respirar por la nariz ya es un gran logro. Además, mi vida me gusta tal cual es ahora: no necesito más pasta, ni un curro estable y reputado, ni pieles que atemperen mis sábanas. Cojonudo tú, sos un remacho que se ha hecho a sí mismo con cuatro palos y pegamento imedio. Como escarpias, gamusino.

Y gran parte de aquel sentimiento de disconfort existencial provenía de mi relación con el otro. En aquellos días yo tenía muy claro cómo debía funcionar el mundo, qué era lo justo, cómo debías comportarte para conmigo. El libreto me lo sabía al dedillo, y cualquier improvisación del resto de los mortales me generaba una gran desazón que terminaba evolucionando en indignación ante tamaño desvarío. Porque mi camino no era otro que el de la rectitud; hacía lo que tenía que hacer, lo que tocaba; y a cambio esperaba de ti justo eso, una reciprocidad impepinable con la que habías de saldar nuestra particular contabilidad.

Lo jodido era que yo me creía toda aquella mierda, que daba por bueno que las reglas del juego eran ésas y sólo ésas. Sí, era un Moisés de chichinabo repartiendo tablas a to’quisqui. Pero en el fondo aquello me convertía simplemente en corchopán con patas, yo no me relacionaba contigo desde lo más profundo (ojito que ya está aquí el monotema del mastuerzo este), en todo lo que hacía siempre había una cara B, cualquier acción por mi parte buscaba una reacción y sólo una (la buena) por la tuya. No iba de cara, expuesto a que la vida me la partiese; me sentía muy poquita cosa, incapaz de apencar con una respuesta por tu parte que se saliese de mis estándares.

O sea, que no hacía otra cosa que esperar (del afuera) para conseguir así que mi alegría existencial dependiera de que tú fueses buena gente y me correspondieras como me merecía. Visto así da grimilla, ¿verdad? Pues no te quiero contar los años y años que anduve metido en semejante montaña de basura.

Nunca esperes nada de nadie. Tres negativas que no hacen otra cosa que afirmar(me), que me dan la oportunidad de expresarme tal cual soy. Pelín radical, me dirás; hay drogas que es mejor ni oler. Sí, de primeras da un poco de miedito. A ver si con tanta asertividad me voy a quedar solito y mis followers dejan de likearme. Pudiera ser, cuando altero mi posición en el tablero el resto de piezas también lo hace, y puede que de una partida de go pases al tres en raya, pero siempre serán mejor 50 gramos de ibérico que 10 kilos de chóped.

Desengáñate, en la vida no hay compartimentos estancos, el jarabe que te recetes es el mismo que darás al resto de los mortales. Si yo soy capaz de asumir tu comportamiento, de dar por buena tu libertad para hacer lo que te pida el cuerpo, estaré mandando al pedo todos los grilletes que me he ido autoimponiendo para sobrevivir desde hace un porrón de tiempo. Si te acepto, me acepto. Si consigo apencar con tu lado chungo, seré capaz de hacer lo mismo con el mío. Y sí, por si te lo estabas barruntando, habré dado con la piedra filosofal de mi existencia: estaré amando.

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