Padre

No sé tú, pero si alguien me preguntara si conozco a alguien que me conozca realmente (puedes releer la doble condicional, no hay prisa), le contestaría sin mucho miramiento con un no categórico. Puedes estar treinta años chupando del frasco en casa de papá y no pasar del cuarto menguante; o peor aún, puedes compartir dos lustros de tu vida con el amor (el de tu vida, digo), para años después darte cuenta de que, más allá del catre, aquello no pasó de ópera bufa.

Qué tristura de existencia, me dirás. Pues sí, la verdad; pero si fuera más allá de la manida reflexión polipiel, me daría cuenta de que existe una personita que me conoce casi mejor que yo mismo… Sí, no se te escapa una (por algo sólo lees masa madre): él.

Y es que lo que más le tengo que agradecer a mi hijo (y créeme, le tengo mucho que agradecer) es la oportunidad que me ha dado de redescubrirme a su vera. Desde que su madre dijo hasta aquí, hemos compartido un cerro de horas, los dos solos, en amor y compañía. Bueno, amor siempre hubo, claro, pero si hago recuento de todos los cabreos, gritos y collejas, cualquier juez de lo social me quita la custodia hasta el fin de mis días, y más de un psicopedagogo me pide la permanente irrevisable… Mi hijo conoce al dedillo mis múltiples caras: el ser de luz y ponzoña que habita en mí.

Vale, lo de dar la vida por él, cuidarlo, preocuparte por que viva alegre y sea razonablemente feliz, bla-bla-bla… Todas esas obviedades vienen en el libreto del padre guay. Hasta ahí, todo niquelao. ¿Por qué también tiendes a sacar toda esa mierda cuando estás con él y no tanto con el resto de mortales? Muy fácil, en primer lugar, porque lo amo (fenomenal, como lo amas mucho-mucho, le sueltas toda la bilis que llevas almacenando durante años y años de autoninguneo; sos un crack, tron), y al amarlo de verdad no puedo dejar de sacar a la luz todo lo que en mí anida, más allá de que huela a rosas o a huevo podrido. Vale, ya sé que todo esto ya no vende, que ahora se lleva el padre de voz atiplada y gónadas prietas; hoy todo tiene que ser buenrollismo, la familia Ingalls full-time; pobres niños, no les coartemos su libre albedrío, que sean ellos los que decidan hasta dónde, no vaya a ser que se nos traumen y acaben en las drogas, o peor aún, estudiando FP. Y en segundo lugar, porque los niños (y mi hijo lo es, aunque ya están a punto de dar las 12, y Perrault mutará a Salinger en un tris) no juzgan. Lo que es es, sin aditamentos ni etiquetas. Para ellos cada día comienza con el marcador a cero. Tábula rasa. Hoy empieza todo. Son los putos amos del reseteo.

¿Y sabes por qué no tengo duda de que mi hijo también me ama? Precisamente por eso, porque cuando estamos juntos, lo que percibe de mí es verdad, no hay cartón-piedra, no hay disfraz, ni ropa interior siquiera: paternidad nudista. Es mi corazón el que se relaciona con él, mi puta esencia en bolas. Me vuelvo atávico, me asalvajo.

Y eso es lo que necesitaba encontrar para expresarme realmente: que el otro me aceptase, tal cual soy. Pero si eso está chupao, me dirás, yo conozco un porrón de peña, mazo desarrollada espiritualmente y tal, que es capaz de acoger todo lo que les lances, sin tamizarlo ni salpimentarlo, así como en crudito. Los cojones, te contestaré, ni tú te lo crees.

No te hagas líos, Maripili, los adultos amamos de puta pena, somos incapaces de sacar todo lo que llevamos dentro y aceptar a su vez que el otro saque lo suyo. A poco que escarbes aflorará el corchopán con que hemos recubierto nuestra alma. Por miedo a que no nos quieran, por miedo a quedarnos solos, por miedo a salirnos del redil… No somos más que eso, una saco de miedos con patas.

Y finalmente, a la que la broma esta en la que ando (y andas) metido se acabe, y el funcionata celestial (o infernal, quién sabe) de turno me pregunte por mis logros vitales, probablemente tenga poco que consignar; quizá la cosa se quede en un simple: fui padre (sin sotana, claro).

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