Qlsdn

A ver, te soy sincero, artista lo que se dice artista, no soy. Si quieres, lo que más se le pudiera acercar a mi cima creativa sería esta colección de arrebatos ciclotímicos en la que ahora estás sumergido. Poca leche, te dirás. Te lo compro; pero hubo un día, años ha, en que se me aflojó alguna correa por dentro y fui capaz de crear algo; algo que luego he utilizado recurrentemente para volver a asomar la cabeza cada vez que mi mente se empeñaba en ahogarme en el fango del te lo dije, no eres más que una puta mierda.

Andaba yo entonces en la sima más profunda, con la autoestima en los huesos y la energía bajo mínimos. Todo me superaba, me sentía la última de las caquitas. Cualquiera me parecía mejor que yo, con una vida mejor que la mía. Todos meaban más largo. La autocompasión se me desbordaba, no me cabía tanta penita como me tenía. La vida me debía otra (vida); ésta no valía ni para desecho de tienta; se la regalaba al primero que la quisiera.

Sí, aquello parecía una pintura negra de Goya en una novela de Houellebecq. Acojonaba.

Y fíjate por donde, un día (inopinado, claro) algo dentro de mí hace clic, y me doy cuenta de que el 95% del sufrimiento que me invade proviene de los malos, de los otros, de sus juicios y expectativas. O sea, que si consigo que todo lo que esa morralla con patas opine acerca de mi persona me la pele con canele, esta oscuridad infinita que hoy me invade se irá aclarando (algo al menos, digo yo). Total, a peor no iba a ir… ¿Y cómo lograr tamaña heroicidad? Muy fácil, en lugar de hacerlo in situ y decirte a la cara lo poco que me importa lo que pienses de mí y de mis actos, voy y marido esa idea tan (digamos) mundana y poco chic con la madre del buenrollismo: la meditación. Sí, lo sé, a veces soy la pera.

Y de la nada, ese dios que en mí reside creó un nuevo mundo con las piezas de aquéllos que más a mano tenía. Un remedio chusco contra la peste negra del alma. Para lograrlo debía conseguir que apareciese por mi magín esa chusma (poca) indeseable que no trago ni con calzador. Sí, ya sabes, toda esa gente que te cae mal (quizá sin un porqué claro) o que te trató mal (quizá con un porqué razonable). Todos ellos debían aparecer por la sala de cine de mi mente, y a todos (tras unos segundos de pausa, para volver a sentir ese familiar asquito tan bien macerado en aquellas barricas) sin excepción les iba a dejar un mensaje alto y claro (así como muy asertivo, puro empoderamiento): Qtdn.

Qué alivio, tú. Había logrado mandar a freír monas (mentales) a toda aquella purria indeseable. Estaba on fire, en el paroxismo de mi fortaleza emocional. Me iba a comer el mundo sin pelar… Pero no, no te engañes, aquello no terminaba de funcionar. Todavía me seguía sintiendo como el culo. Había pasado de lavarme las manos cada cinco minutos para no morir infectado, a encender y apagar diez veces las luces de cada habitación para que el mundo no se escoñara. Definitivamente algo no marchaba.

Y en lugar de envainármela y mantenerme en mi empozoñado camino, decidí dar una última vuelta de tuerca al tema. Hostia, a ver si va a llevar razón el Nardone, y lo que tengo que hacer es aplicar la intención paradójica… A ver si lo que me jode la existencia es más bien el querer ser guay todos los días a todas horas con toda la gente que quiero y que mi importa… ¿Y si les doy a ellos también jarabe para la tos? Ni lo dudes, mamporrero, recuerda que debajo de ti sólo queda la nada, esto es un win-win de libro.

Entonces voy y (con mucho miedito) amplío el rango meditativo y reparto mandobles a todo hijo de vecino (amados, nifunifases y mochufas). Y joder, me podrás creer o no (imagínate lo que me importa…), pero aquello empezó a carburar; como que me sentía más ligero, más fuerte, más tranqui. Ese qtdn al prójimo más próximo me liberaba, porque no se lo lanzaba a él como ser de este mundo (claro), sino que iba dirigido a todo aquello que yo pensaba que él creía, a los juicios que yo juzgaba que él me hacía, a las expectativas que yo esperara que él tuviera.

Y entonces el círculo se cuadró (ufff). Podía soltar las riendas, podía bajar la guardia y comportarme como un capullo las veces que fuera necesario porque no iba a pasar nada. Podía mandarte al carajo hoy y aun así seguir amándote; de hecho, mi forma de amarte en ese instante era ésa: mandarte al pedo.

Sí, aunque suene a moñez extrema, este tuercebotas integral había descubierto lo que es amar, para qué leches nos enviaron aquí. Expresar en cada momento TODO lo que realmente anida en ti. No hay más (no lo busques).

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