Flex

Me cansé. Ya está bien de orear todos mis trapos malolientes desde esta ventana al mundo. Basta ya de sacar a la luz todos mis miedos, inseguridades y complejos. A la mierda la mustiez y el esperpento que vertebran muchos de los escritos de este tu blog, hoy nos quedamos con la cara reluciente de Selene, hoy te voy a confesar una característica propia de la que me siento especialmente orgulloso. Pues sinceramente, no me cuadra mucho verte en ese rol de cabeza alta y pechito fuera. Me huelo postureo corchopanero, alfeñique… A ver, sorpréndenos con esa cualidad tan tuya y epatante.

Vale, allá va: soy flexible. ¡Venga ya, no me jodas, Rafa! Tú lo que tienes es un jeto mastodóntico. Así que vas a tener los santos huevos de cebar esta entrada con tamaña gilipollez, ¿pero tú te crees que la gente es tonta, montapuercos? Que andamos todos muy justitos de ocio como para dejarnos cinco minutos de nuestra pacata existencia leyendo tus sandeces, deslechado. A ver, te doy medio folio para redimirte.

Quizá de primeras te parezca otra moñez vacua, un lugar común colmado de humo. Pudiera ser, pero tan manido chamizo tiene una viga maestra altamente resistente: no tengo problema en cambiar mi punto de vista o mi plan de vida si aquello que leo/escucho/siento me hace un clic rotundo en las entrañas; y tener el coraje de rolar a golpe de corazón no es algo tan universal, creo yo. No tengo problema en mandar al carajo lo que ayer sustentaba mi existencia y me hacía ser quien era, para acoger aquello que tiempo atrás demonicé y me prometí aborrecer hasta que cayera el telón. He cambiado de dieta, de tendencia política, de equipo de fútbol… De todo, salvo de orientación sexual. Pues oye, ya puestos. Malo sería…, varón dandy.

Y lo chocante de todos estos cambios es que son totalmente radicales. Puedo pasar de atiborrarme de carbohidratos a no catarlos en muchos meses; de ser más rojo que el tomate pera a repudiar la nueva izquierda del oprobio nanográmico y el maternalismo babosante; de mimetizarme con los colores de (más que) un club a tirar todo aquel apego enfermizo por el retrete y ver con nuevos ojos a los otros, aquellos satanes pálidos a los que tantas veces juré odio eterno. Y para que esas pequeñas catarsis me inunden tampoco necesito un par de lustros de gota malaya. No tengo problema alguno en travestirme a la mañana si durante la noche anterior temblaron mis cimientos y me llegó la epifanía de que todo aquello ya no iba más conmigo.

Vale, fenomenal. Los tienes cuadrados, vigorléxico. Congrats, man. Te has hecho hombre a base de hostias y ahora nos vendes la unicidad de tu producto, a ver si hay suerte y a alguna despistada la hipertrofia de tu equis cromosómica le llega al corazón y empieza a sentir burbujeo allá por el fistro. Reconócelo de una santa vez, amigo de todas, creaste este templo a la gazmoñería para pillar, y como empezabas a hartarte de los nulos réditos de tus recetas todo-a-cien has hecho honor al cuento que hoy nos traes y has pegado un volantazo viendo que aquello iba tener un final telmalusiano.

Te voy a ser sincero: un poco sí. Me refiero al target sexual del blog. Cuando conozco a una chica que me gusta, muchas veces, para romper el hielo y enseñar la patita por debajo de la puerta, le cuento que a ratos escribo, que tengo un blog, que no sé muy bien de qué es, que le paso la dirección por si le pica la curiosidad… ¡¿Lo ves?!, ¡¿ves como a mí no me la das, buscaminas?! Que son ya muchos años en el negocio como para que cualquier trilero vendehúmos me time. Y es más, ahora que has confesado lo que había detrás de tu aparente altruismo bonhómico te voy a decir una cosa: prepárate, porque tu suerte va a cambiar, pollo pera. Y tampoco es que arriesgue demasiado con mi augurio, no creas… Cuando uno viene de compadrear en el Hades sólo tiene una cosa segura: el empate.

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