Sapiosexual

Leyendo un artículo de Marta Fernández se me ha venido a la cabeza un sucedido de hará un par de meses. El verano andaba fibrilando y el mundo enmascarado, cuando me llegué a un restaurante del barrio de Salamanca. Hasta aquí todo en orden, ¿no? Pues no, porque a poco que me conozcas sabrás que los restaurantes me repelen, y sobre todo los caros. Y sí, has acertado, había gañote. Resulta que iba a tiro hecho y pagado: una generosa emisora de radio había tenido a bien invitarme a cenar a cambio de que lo hiciese en compañía de un interrogante en forma de mujer. ¿Una cita a ciegas? Estás perdiendo la poca dignidad que te quedaba, pollo.

Bueno, tampoco es para tanto, tú; cuando la cosa visual no fluye, siempre queda la posibilidad de comprar un cartón y con un poco de suerte cantar bingo (o línea, a malas). Sí, claro, y que la serendipia se complete conociendo al amor de tu vida y tal; tronco, despierta de una santa vez, esas cosas pasan sólo en las pelis domingueras, la realidad es mucho más cruda y complicada, tuercebotas.

El caso es que llego al lugar de la cita cinco minutos antes de la hora convenida y me encuentro con una figura embozada, y justo en ese momento mi alma berrea un NO alto y claro; aquello iba a acabar como tantos otros capítulos de mi libro: cerocerismo en Las Gaunas. O sea, que te rebajas a participar en el jueguecito de marras, como si en lugar de padre cuarentón la pandemia te hubiese transformado en preadolescente priápico, y antes de tirar los dados ya habías caído en el pozo… Quien te entienda que te compre, monín.

Y ahora querrás que te preguntemos cómo cojones supo tu alma que aquella enmascarada no iba siquiera a rozar tu finísima y aristocrática dermis, ¿no? Pues sí, estaría bien, por evitar digresiones y eso. A ver, expláyate, chupacandaos. Vale, pues mi muy preclara alma supo al instante que aquello había muerto antes de nacer cuando se percató de que a la susodicha le sobraban (en el mejor de los casos) veinte kilos. Hostia tú, no; otra vez, no; qué pesadilla… Me estás contando que el hecho de que la agraciada fuese, digamos, de hueso ancho, ya la imposibilitaba para visitar, unos pocos minutos siquiera, ese templo del amor al que llamas lecho. ¿Ni para polvo torticero valía? Hipogonadismo es lo que tú tienes, mingafría.

Sí, además de poco hombre, superficial. Ese soy yo, un tío que no se acuesta con gordas. La simpleza hecha supremacismo. Un crasofóbico que no entiende que alguien sea bello, se quiera y se cuide, y a un tiempo se autoflagele portando varias arrobas adiposas sobraderas entre sus carnes . Y como muchos radicales, hablo con la rabia del converso, porque yo habité aquellos pagos durante años y años. ¿Y sabes qué? Que antes que gordo era otra cosa: un puto enfermo. Me estaba matando. Sí, ríete si quieres. Me estaba matando de a poquito, silenciando los continuos mensajes de clemencia que mi cuerpo me lanzaba. El veneno está en la dosis, nunca lo olvides. Yo no comía demasiado mal, pero casi siempre comía demasiado.

Por eso mi alma no tuvo dudas cuando observó aquellos brazos desnudos y aquel sari demisroussiano. Vale tú, ya veo que esto lo tienes claro… Pero convendremos que para un casquete simca-mil tampoco hace falta que la copiloto sea Mónica Bellucci, digo yo.

Y otra cosa, ¿por qué coño se titula esta entrada Sapiosexual? ¿La ironía del ser superior o qué? Qué va, es por un detalle de la cena que permanecerá indeleble en mi memoria, cuando ella definió sus preferencias para el catre: Yo es que soy sapiosexual, ¿sabes?; me atraen las mentes. (Pero motivada, ¿había alternativa?).

El resto fue bien, por si te interesa. La chica era interesante y agradable. Lástima que sapio y somasexualidad cohabiten mi corazón a un mismo nivel, como dos caras de una misma realidad: un yin que se queda en anécdota sin el correspondiente yang que lo complete.

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1 respuesta a Sapiosexual

  1. Mariquita Fantastic dijo:

    Vaya, me había perdido esta entrada y la siguiente que estoy a punto de devorar ipso facto… espero no engordarme en ningún sentido con ello ☺. Espero que la próxima vez que te lances a esta u otra aventura tengas más suerte o, al menos, se cumplan algunos de tus deseos y requisitos. Pero vamos, como sigas tan quisquilloso, te veo vistiendo los santos de la iglesia de San Sebastián…☺

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