Andrea

Camilleri se fue hace un par de días, en los ardores de julio, con un cigarrillo entre los labios y su eterna mirada preclara. Un tipo que tuvo los huevos de no escribir su primera novela hasta los 53 años, y que se ha pasado los últimos 40 creando pequeñas maravillas donde lo humano y lo íntegro se funden en un todo perfectamente reconocible.

¿Y cómo pudo hacerlo? Pues como dijo en una entrevista hace algún tiempo: sin querer escribir la página perfecta. Llenó su vida de incontables páginas llenas de máculas. Se aceptó como un escritor imperfecto que nunca sería Homero ni Dante, pero que aun así tenía un cometido hermoso y fascinante por delante: ser él mismo.

Y si piensas que quizá estaría bien que algo de esa reflexión me calara para así escribir más entradas más a menudo, tendrías más razón que un santo. Tengo miedo a escribir mierda, lo confieso. Quiero que este blog refleje lo cojonudo que soy, no ya como escritor, sino como persona. Que al leerlo te entren ganas de conocerme, que inexorablemente me tengas aprecio por el simple hecho de escribir lo que escribo. Quiero que me quieras, y por eso no quiero enseñarte mi lado zarrapastroso y maloliente.

Y espero algún día poder mostrar sin rubor ni miedo alguno todo lo feo que hay en mí, reconocer que no soy ni guapo, ni listo, ni sexy, ni gaitas. Porque si ese día llega, no habrá superhéroe marveliano más poderoso que este saco de medianías.

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