Me acuerdo

Me acuerdo de aquella chica: primero de EGB, media melena castaña, ojos avellana, falda tableada y niki blanco. De aquellas reuniones clandestinas, preparando el ataque sorpresa (seríamos tres, acaso cuatro los confabulados). De aquella zona del patio, la más baja y apartada, entre la pared y el murete de piedra, apenas diez metros de largo; un desfiladero en el que aquel trío (acaso cuarteto) de indios se disponía a lanzar sus bisoñas flechas de amor sobre su vaquera favorita. Esperábamos agazapados el momento preciso, justo cuando el jefe nos espetaba: “¡Ahora!”, y salíamos escopetados hacia el objeto de nuestro primer amor. Llegábamos por sorpresa, uno detrás de otro. Ella entonces abría mucho los ojos, sorprendida por aquel comando amoroso. Cada uno la besaba donde podía: la mejilla, la frente, los labios… Yo, pudoroso, nunca pasé de su mano, aquel prodigio al que propinaba un beso supersónico que me dejaba media sonrisa y un regusto meloso para todo el día.

Me acuerdo de aquella mañana. Llámame flipao pero apostaría un riñón a que fue el primero de diciembre de 1980. Aún no tenía 7 primaveras y mi vida se iba a convulsionar para siempre. Alguien (¿la directora?) me acompaña hasta el aula. Serían las 10 de la mañana; pasillos inmensos con infinitas puertas a los lados, vacíos de gente, repletos de pavor. Me temblaban hasta las canillas en aquel camino al cadalso. No me cabía tanto miedo en aquel cuerpito. Por fin llegamos. Aquella mujer llama con los nudillos, pasamos y me suelta allí, junto al encerado, al lado de la profe, que me da la bienvenida mientras 40 pares de ojos patibularios me escrutan sin piedad. La vergüenza se me hizo infinita, inabarcable. Me convertí en ese ratoncillo que, indefenso, se queda paralizado porque haga lo que haga tiene garantizada la descarga. Nunca me he querido morir tanto, nunca me he sentido más solo.

Me acuerdo que nunca me gustó recordar. Echar la vista atrás me daba pánico, se me encogían las tripas. Tanto tiempo oscuro, tanta vida muda… Renegaba de mi pasado, no quería saber nada de él. No lucía, no molaba; un cerro de mierda que quería dejar atrás a toda prisa. Intentaba correr, rápido, muy rápido, abandonarlo en la primera esquina. Pero aquel olor a podrido no me abandonaba. Quería empezar de cero, borrarlo todo, blanquear con cal viva las costrosas paredes de mi camino. Pero no podía. No, porque cuanto más me empeñaba en huir, tanto más me hundía en aquel apestoso fango. Hasta que un día, hastiado de tanta pelea infructuosa, simplemente dejé de luchar y acepté lo que había. Lo acogí (todo) contra mi pecho: dolor, sufrimiento, desesperación…, incluso algún rayo de luz. Solté lastre, abrí ventanas y oreé mi alma, y desde entonces algo dentro de mí no hace otra cosa que bailar con la vida.

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1 respuesta a Me acuerdo

  1. francisco javier martinez fernandez dijo:

    Yo tenía un compañero de la facultad que se llamaba Jesús Valiente, era del Barça y no tenia ni idea de jugar al mus.
    De lo que sí sabia era de Queen. Hoy viendo un documental sobre F. Mercury me he acordado de él…

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