Odisea

Tremendo. Lo de ayer fue tremendo. Una etapa casi más corta que fea, menos de 20 km que me llevaron de Mansilla de las Mulas a pleno centro de León, a los pies de su brutal catedral (valga la aliteración).

Vale, hasta ahí, lo normal. Pero lo que viene después se sale un poco del guion clásico (el peregrino coge un medio de transporte colectivo para volver, todo paz y amor, a su hogar). Nada de eso, este peregrino tuvo la peregrina idea de ahorrarse el importe del billete de vuelta y llegarse hasta donde había dejado su coche (Castañares, al lado de Burgos) haciendo autoestop. Todo tope molón: aventura, misterio, ahorro… Ventajas y más ventajas.

El caso es que me dirijo a las afueras de León, al lugar por donde los automovilistas toman la carretera dirección Burgos: la rotonda de la esperanza. Y allí me planto, con mi pulgar y mi letrero, confiando en que en poco tiempo algún alma buena me recogerá y acercará a mi destino (físico). Pero hete aquí que el tiempo pasa y el nein (expreso o tácito) es la única respuesta que recibo. Cada vez que me aproximaba a ellos podía sentir el miedo (¿cerval?) en los conductores: cualquiera te recoge, hijo, con las cosas que pasan, en los tiempos que corren, con esas pintas, ya te llevará otro, y si…

Vale, cierto: fiasco. Pasan los minutos y no sé qué pasa que lo empiezo a ver todo negro, cada vez más… DUDO. No sé qué hacer: persevero durante un rato más, a merced de la caridad ajena, o tiro hacia la estación de bus, y zanjo asunto y zarandajas. Se acabó, cambio de planes: 20 minutos León arriba para acabar ya con esta opereta (bien hecho, hijo mío). Sí, claro, y que el próximo bus salga 5 minutos después de que llegues, y que tu compañera de asiento sea Garbiñe Muguruza, no te jode. Pues no, tron, ahora apencas: tres horitas esperando el puto bus, 20 pavos menos en tu bolsillo, y una más que probable sexagenaria a tu lado.

Ok, me voy a la ribera del Bernesga a comer algo y a decidir qué hacer. Y como, y decido: que le den por saco al autoestop, a la aventura y a la vida loca, me cansé, voy a coger el bus, pagar mis 20 pavos y seguir la calentita senda burguesa por la que han ido los muchos sabios que en el mundo han sido. Vuelvo a la estación y entonces le pregunto al de información: ¿Y cuánto tarda en llegar a Burgos? Unas tres horas… va parando en todos los pueblos (de la provincia, imagino). Tres (putas) horas, o sea: 4+3=7, más otra para llegar a Castañares: no arrancaré mi amado coche hasta las 8 de la tarde; ni, con suerte, llegaré a mi amado hogar hasta casi las 11… Y yo que soñaba con ver el tremebundo Suecia-Suiza de las 16:00, sentado, en mi jardín, junto a una birra bien fría, con el cansino de mi gato recalentándome los gemelos… Si es que no voy a llegar ni al Inglaterra-Colombia de las 8… Buaaaaahhhhh, nadie (Santi, tú el que menos) me quiere. Casi me traería más cuenta ir andando…

A la mierda, se acabó la miseria, voy a dedo. Otra vez León abajo (siempre con mis inseparables 8/9 kilos adosados a la chepa), a la rotonda de salida; otra vez hacia lo incierto, hacia el líquido mundo de la dependencia del capricho del otro, de su buena voluntad.

Y, de repente, algo cambia: al minuto de sacar a pasear mi pulgar para una California y Gonzalo me lleva (10 km adelante) a una gasolinera en la que seguramente tenga mejor suerte. Pelo y barba cortos, formando un todo, posiblemente rapados a un tiempo; piel morena, curtida; energía castellana, seca, potente. Me cuenta que para alguien que se pasó un año de mochilero por Sudamérica sin un chavo en el bolsillo, cuando la mayoría estamos enfrascados en nuestras superlicenciaturas, lo del Camino es como si a Maradona le hablas de los PetasZetas.

Luego llegarán más: Javier, el cazador ecologista, ése que se chupaba todos los días 130 km de coche porque no cambia pueblo y perros por nada del mundo; David, el chico de las 100 noches al año manteniendo el AVE; Jesús, el que se arrepintió y volvió dos minutos después de haberse ido; Fabián, el papá colombiano que hablaba como si le sobrasen 10 vidas y bebía Red Bull como si le faltasen 10 minutos; Joaquín, el pluriempleado de Osorno, el que arropaba por las noches a las gallinas y les contaba un cuento, ése que daría un buen palo si le asegurasen que iba a disponer de todo su botín una vez saldada su deuda con la sociedad.

Y cómo no rememorar aquel inolvidable momento en medio de aquella autopista en medio de la nada, en el que repté bajo la alambrada para salir de aquella cárcel de asfalto. Trepé después el talud que me separaba de la carretera nacional, justo a tiempo para ver pasar el autobús; sí, haz memoria, aquel bus maldito, el de las 3 horas y los 20 napos, el que salía de León poco antes de las 4; sí, ese mismo, el que me sonreía condescendiente al saberse vencedor en nuestra particular carrera.

Perdón por la digresión. Retomo: Melgar de no sé qué leches, a unos 50 km de Burgos, sobre las 7 y media de la tarde. Lo intento con algunos paisanos: agua. Me voy a la gasolinera: más (agua). Y entonces, ya por fin, un rayo de clarividencia inunda mi ser: a tomar por el santo culo, yo llego a Burgos sí o sí, hoy o mañana, andando o en trolebús, y el resto me la pela; voy a ir caminando por esta puta carretera hasta que no pueda más; pararé a dormir donde sea, comeré la lata de sardinas y el tomate que me quedan, y se acabó. Joder, tronco, que no es para tanto, ni que estuvieras en medio del Sahara, en bolas y con una mochila llena de polvorones; ¿no querías camino?, pues aquí lo tienes, éste es tu verdadero Camino.

¡Qué liberación, tú! Chillé, grité, canté. Yo solo en la ancha Castilla. Un coche cada cinco minutos: una muerte anunciada. El desvío hacia la autopista justo ahí delante, al lado: mi última oportunidad. ¡Que les den a todos! Escucho una nota de voz de mi hijo, se me saltan las lágrimas y se me eriza el vello de todo el cuerpo: ¡cómo te puedo amar tanto, cabrón! Y es que ya todo me la pela, empiezo a sentirme realmente a gusto en este cuerpo, en esta vida, en este camino. CONFÍO. Confío en mí, confío en la vida, confío en el otro, confío en lo que haya de venir. Y una parte de mí sabe/intuye que sí, que algo ha cambiado, que se acerca el momento mágico, ése que dará sentido al resto de mi jornada.

Y entonces aparece Carmelo en su camión. Yo hago lo de siempre: cimbreo el cuaderno con el letrero de Burgos; cierro el puño, estiro el pulgar y los muevo siguiendo el sentido de mi marcha; junto las manos como si más que un peregrino fuese el Papa Francisco antes de que juegue Argentina. Y vuelvo a repetir la secuencia. Entonces, Santiago, reencarnado en el pie derecho de Carmelo, pisa el freno y detiene el camión 15 metros delante de mí. Perplejo, corro con mis 8 kilos a los hombros y mis metatarsos hechos cisco hasta la puerta del copiloto. Mira que está alto el acceso a la cabina de un camión, joder.

Que sí, que me lleva a Burgos. Bueno no, a Burgos no, a Castañares, donde tengo el coche. Que él también fue mochilero. Que sí, que tiene dos: Carmelo y Mateo. Que se casó tarde. Que le vino bien. Que le sirvió para dejar juergas, alcohol, putas… Que está encantado con su mujer.

Y ella contigo, tío, no tengo duda. Es lo que tiene ser un ángel sin alas (pero con rosca).

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4 respuestas a Odisea

  1. Fran dijo:

    Qué bien escribes tío, yo que me disponía a hacer de troll, no tengo argumentos, me he puesto en tu pellejo en cada párrafo, enhorabuena por la entrada

    Un abrazo

  2. Manoli dijo:

    Ya te echaba de menos. En tu faceta más tú. Pero ha merecido la pena esperar. Maravilloso. Un Ulysses de nuestros días. Ahora es el momento magico!

  3. Santi dijo:

    Estas muuuu tonto pero te quiero igual

  4. Ruri dijo:

    A esto que describes, ese «confío», yo lo llamo «bailar con el Universo». Un@ hace su parte, con testarudez, y luego sólo queda eso: confiar 🙂

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