Oreo

A veces escribir se puede convertir en un pequeño acto de sanación (créeme, sé de lo que hablo). Es algo ampliamente demostrado: la escritura expresiva nos ayuda a hacer las paces con nosotros mismos y con todo aquello que somos/sentimos/hacemos. Hasta ahí nada nuevo.

Si además de reflotar toda esa basura emocional y mental que tira de nosotros hacia las profundidades, impidiendo que nuestro barco siga su curso, le damos publicidad y la aireamos a los cuatro vientos, entonces la catarsis en nuestras vidas puede ser total.

Dice James Rhodes que escribir su autobiografía le salvó la vida. Así en frío pudiera parecer una afirmación pelín exagerada, puro autobombo para subir el nivel de ventas. Pero si te sumerges en su historia y comienzas a leer Instrumental, seguro que tu perspectiva cambia.

Si una vida no es más que una colección de vidas, la de Rhodes parece un poliedro de infinitas caras. Quizá no le quedó otra para sobrevivir a su tremenda infancia: ir dando tumbos de acá para allá, no parar un momento, no hacerlo hasta tener las herramientas suficientes para no verse obligado a mandarlo todo a la mierda y dejar esta mierda de vida a la menor oportunidad.

Música y Escritura: dos formas de creación, dos formas de amor para superar un lado oscuro monstruoso, abominable e inabarcable. La música le ayudó a tener momentos de calma en medio de aquel maremágnum que se le venía encima. Fue capaz de calmar su mente y vivir aquellos momentos como metas en sí mismos, sin que la oscura niebla de su pasado los empozoñara, un oasis en medio de la tormenta de arena que abrasaba sus días.

Y luego llegó la escritura. Si la música le había dado un lugar al que huir cuando el vivir se le hacía un imposible, la escritura consiguió que Rhodes hiciera las paces con todos los James que habían ido conformando su largo e intenso camino: pudo aceptar su pasado para adueñarse así de su presente. Sacó a relucir los vertederos de su alma, llenándolos de luz; lo contó todo, sin edulcorar nada. Se quedó en bolas delante de la humanidad y chilló a pleno pulmón: This is me!

No hay más, esto que ves, esto que te muestro, es lo que soy. Ahora depende de ti si me aceptas y me amas, o si me juzgas y me desprecias. Allá tú, a mí me la pela; yo ya cumplí con lo mío.

No se puede ser más valiente, James. Gracias por esta impagable lección de coraje.

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