Tocomocho

Últimamente he leído un par de novelas muy distintas en sus formas pero con una esencia común en su fondo. En ellas, dos de sus personajes principales (terrorista y soldado) en un momento dado llegan a conclusiones similares acerca de su vida y de su lucha: se habían dejado timar.

Después de años de luchar por aquello en lo que creían creer, años de defender unas verdades irrenunciables y justas, años de ningunear al otro por estar equivocado, en las antípodas de lo justo y necesario, llega un día en que se dan cuenta de que todo había sido un cuento chino, una moto que les vendieron y que ellos compraron ciegos de pasión, una total engañifa.

Y se arrepienten. Se arrepienten de haber malbaratado sus juventudes por unos ideales llenos de oropel y fanfarria que años después se han revelado como un conjunto de patrañas ventajistas que se dejaron inocular por cuatro iluminados plutarcas cuya intención no era otra que llevárselo crudo.

Porque el Dorado prometido ni llegó ni llegará, y los únicos que sacarán tajada de todo este embrollo van a ser esos cuatro fulleros que promovieron aquel ideario voraz como un simple medio para su propio e insaciable beneficio. Una entruchada en la que sólo unos pocos pescan a costa del envilecimiento del resto.

Y es que somos animales sociales, y a poco que un mensaje nos llame, iremos de la mano con el grupo, y con él nos sentiremos más plenos y menos solos, más calentitos y protegidos, pingüinos en el invierno antártico, seguros y comprendidos en medio de nuestros congéneres. En el fondo no del todo de acuerdo con el mensaje maniqueísta, pero a gusto en cualquier caso: para eso somos los buenos de la peli, los que dicen la verdad, los que llevan razón. Y claro, si nosotros somos los buenos, los otros sólo pueden ser una cosa: los malos, los equivocados, los enemigos.

Toda esta opereta de la cosificación y el ninguneo del otro finalmente se nos mete hasta las ternillas y la tomamos por una verdad absoluta a la que no nos es posible ni concebible renunciar.

Aunque en el fondo, quizá nos estén haciendo un favor. Quizá nos están dando la oportunidad de reafirmarnos y crecer; de mirar hacia dentro y cribar el grano de la paja, el oro de la ganga, lo mío de lo que me he tragado doblado; de responsabilizarme de mi vida y abandonar todo lo que me es ajeno. Porque, a fin de cuentas, no hay ejercicio más sano que un buen reseteo existencial con la ducha de cada mañana.

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1 respuesta a Tocomocho

  1. Ulysses dijo:

    Lo que quiero que sea
    lo que es
    lo que pudo haber sido …

    Aritmética de Raquel Lanseros

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