Cruda

Hace más de 15 años que leí el imprescindible ensayo antropológico El antropólogo inocente. En él Nigel Barley relata su convivencia con el pueblo dowayo (Camerún). El choque cultural es brutal: un recién licenciado británico pasa de la noche a la mañana de las aulas de Oxford a las chozas de una tribu en Camerún. El libro es desternillante, pero lo que más huella me dejó fue una conclusión que saca el autor a la vuelta de su trabajo de campo: no se compadece de los dowayos, de su falta de recursos, de su extrema pobreza material; es más, afirma que esas gentes eran más felices que sus compatriotas británicos, que su forma de tomarse la existencia (más relajada y grupal) le daba cierta envidia, que el único punto oscuro en su día a día era el dolor gratuito al que se exponían cada vez que caían enfermos debido a su carencia de medicinas y paliativos.

Para mí fue un shock leer aquello: resulta que unos africanos que viven en chozas sin agua corriente ni electricidad, con apenas unas cabezas de ganado y algo de mijo para sobrevivir, son más felices que los ciudadanos de uno de los países más ricos del mundo que tienen acceso a todo tipo de comodidades y elementos materiales. Me lo expliquen.

De primeras pensé que estaba ante la clásica boutade del antropólogo primerizo que se flipa cuando toma contacto con una forma de vida en las antípodas de la suya y la sobrevalora exponencialmente. Pero el tiempo me ha enseñado que no, que lo que Barley expresa se aproxima mucho a lo que yo he podido sentir a lo largo de mis días.

Si pienso en seres felices rápidamente me vienen un par de ejemplos: los niños y los animales. Y es que su vida, en ciertos aspectos, es muy similar: no tienen grandes necesidades/deseos materiales y no quieren ser algo distinto de lo que son (ningún niño pequeño quiere ser más rubio, o más alto, o más listo…; y ninguna gacela quiere ser león, ni ningún león quiere ser gacela). Y si pienso en mí, me doy cuenta de que algunos de los días más felices de mi vida los he pasado simplemente caminando de albergue en albergue, porteando una mochila con lo mínimo para subsistir.

Hay un aforismo budista que entronca con todo esto. Dice algo así: quien ya tiene una cosa y desea otra, está dejando entrar al demonio en casa. Y es que, desde hace algunos años, me he dado cuenta de que madurar y simplificar básicamente son la misma cosa.

Porque quizá la felicidad no haya que buscarla, sino desbrozarla. Quizá simplemente se trate de mandar al carajo los disfraces y caretas, las poses e imposturas, los aditamentos y farfollas, las frituras y marinados. Quizá ser feliz no sea más que dejar nuestra alma en bolas y darnos permiso para comernos la vida… CRUDA.

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5 respuestas a Cruda

  1. Vero dijo:

    Muy bueno Chus! Estoy contigo…
    Algo parecido voy sintiendo yo con el matiz del tiempo: Cómo el tener tantas cosas y necesitar tiempo para adquirirlas o desprendernos de ellas nos impide disfrutar de lo realmente importante e imprescindible en nuestra vida: los seres queridos.
    Un gran abrazo

  2. Iwona Zofia dijo:

    Muy bonito Chus. Tenemos casas llenas de cosas y corazones vacíos de amor. Gracias

  3. Carmelo dijo:

    Hace ya mucho tiempo que vengo pensando que cuantas más cosas posees más te poseen ellas a ti

  4. Cristina dijo:

    Me encanta, Chus. Ahora, ¿como nos quitamos todas las corazas que nos hemos ido poniendo a lo largo de nuestras vidas?

    Besos

    C

  5. Totoya dijo:

    “Madurar y simplificar básicamente son la misma cosa “…totalmente de acuerdo!!! Genial!!, no solo en lo material si no importante, en tu forma de pensar y su “rumiar”pensamientos.
    Gran artículo!!

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