El disfraz

disfrazMás allá de lo bueno o malo que sea nuestro personaje, de lo que nos guste o disguste de él, está la realidad: nos empequeñece, nos hace previsibles, nos encorseta y constriñe. Seguir con él a cuestas nos deja sin libertad: nuestro papel en la película está ya marcado, no podemos improvisar y sentir, tenemos que ser fieles al guion que nos ha mantenido a salvo hasta hoy. Porque es el miedo el que no nos deja salirnos del rol que nos han/hemos ido creando desde que nacimos; estamos tan calentitos con este traje (aunque apenas nos deje movernos) que no nos atrevemos a quitárnoslo y arriesgarnos a pasar frío.

Mandar el disfraz al carajo seguramente comience siendo duro y chocante. Quitarse la careta puede resultar muy violento. Después de tantos años REACCIONANDO como el perro de Paulov llega un día en el que nos plantamos y decidimos cambiar el patrón: en lugar de reaccionar inmediatamente ante un estímulo cualquiera (como hemos venido haciendo hasta ese momento), nos damos un margen para RESPONDER. Decidimos qué respuesta vamos a dar. Puede que la respuesta sea no hacer nada, puede que suponga un cambio respecto al patrón habitual (lo que descolocará a todos los que nos conocen), incluso puede que sea la misma que una y otra vez hemos venido dando ante situaciones similares… Pero, llegado el caso, aunque volvamos a responder de igual forma que antes reaccionábamos, ya nada será lo mismo… Habremos llenado nuestra experiencia de luz y conciencia: he vuelto a ser «el mismo», aparentemente sigo llevando mi disfraz carcelario, pero en realidad he sido yo quien lo ha DECIDIDO.

Y es que esa decisión consciente será la única forma posible para conseguir llegar a reencontrarme con mi verdadera esencia.

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