Mochila

Me desarmó. Fui a la entrevista (¿charla?, ¿encuentro?… A lo que fuera) hacha en mano y con la cara pintada. No me preguntes la razón (si es que había una concreta), pero llegué allí como el Capitán América, con mi escudo por bandera, dispuesto a escuchar (desde la alcazaba de mi mente) lo que me quería decir.

Y entonces, lo que sentí me desarmó. Porque ella vino de frente y con humildad. La reina de la fiesta que habitaba en mi magín poco tenía que ver con aquella mujer. El egoísmo y la soberbia con que la pintaba en mis cuentos, se dieron de bruces con esa cercanía y ese amor que irradiaba.

Sí, amor. Eso fue lo que me desarmó: sentí que ella me amaba. Y no era un amor romántico ni pasional, nada que ver. Más bien sentí que se preocupaba por mi bienestar, que quería mi bienestar. Que yo le importaba por mí mismo, más allá de mi condición de padre de uno de sus hijos.

Entonces, algo en mí se quebró: como si una bola de pelos, que andaba atascada en mi interior, se hubiera movilizado rumbo a los esfínteres de mi alma.

Y de repente todo se llenó de luz y de aire. Mi respiración se fue haciendo más profunda, los colores recobraron todo su fulgor.

Y la vida se hizo más liviana, más manejable, más lúdica. Un gran suspiro inundó todo mi ser. Y empecé a sentirme más ligero, casi como flotando en medio de aquella cafetería que, cinco minutos antes, había convertido en palestra.

Porque, a fin de cuentas, el odio no es más que eso: una gran mochila colmada de plomo.

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2 respuestas a Mochila

  1. Lucrecia Zurdo Molón dijo:

    Precioso, Chus.
    Sólo el amor nos permite soltar las mochilas.

  2. Vero Salcedo dijo:

    Qué bien expresas lo que quieres contar… Y qué inspirador…
    Gracias Chus!!

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