Milonga

la-milongaA veces nos contamos y contamos (al primer incauto que nos preste oídos) una retahíla de milongas que, a fuerza de repetirlas, damos por ciertas e indiscutibles. Últimamente yo andaba apegado a una que guiaba con mano firme mi camino en las relaciones sentimentales.

No había mala intención en ella, la verdad, pero sí una mezcla de comodidad y cobardía. Pintaba de blancos y negros racionales algo que en realidad salía del fondo de mi colorida alma. Era la opción cívica; la que no iba a provocar marejadas, siquiera marejadillas; la que dejaba entreabierta la puerta; la que no decía toda la verdad, pero tampoco mentía del todo.

Mi boca decía: “No es mi momento”, “No es mi prioridad”, “No quiero compromisos”… Mi corazón gritaba: ”No eres Ella”.

Y la milonga, que llegué a creer fuerte y duradera, resultó tener menos cimientos que un castillo de naipes. Bastó una ligera brisa, dos simples tardes de verano, para que todo el tenderete se fuera a pique.

No sé si este nuevo puerto me dará cobijo, quizá no tenga más remedio que cambiar de rumbo si no quiero encallar. En el fondo, qué más da. Me quedo con lo que sentí, con lo que se despertó en mí, con esta sonrisa tonta que me hace sentir tan vivo.

Para Alba

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