Etapa 13: San Martín del Camino – Manjarín

Etapa 13Dejo San Martín y mi toalla, y pongo rumbo a Astorga con el tobillo a medio gas. Después de haber caminado un buen trecho en compañía de Christian nuestros Caminos se vuelven a separar, y esta vez los dos intuimos que de forma permanente. Mi amigo alemán también tiene problemas con un tobillo y ha decidido tomarse un par de días con calma. Un abrazo, una sonrisa, una foto; y sobre todo, una huella profunda.

Después de dejar Astorga, el camino y el calor se van empinando. Es en esos momentos de soledad, cocido como un huevo, con la cabeza dando mil razones para parar y descansar; en esos momentos, digo, es cuando la música se vuelve mi mejor aliada. Porque gracias a ella soy capaz de perseverar, de ningunear al mono, de seguir adelante a pesar de todo y de todos, de alcanzar el objetivo que me había propuesto al iniciar la etapa.

Paro en Santa Catalina a comer un bocadillo y echarme la siesta a la sombra, sobre el asfalto. El calor es de aúpa. Descanso un rato y me miro el tobillo, se parece cada vez más a un balón de playa. Decido continuar (sin el calcetín del pie maltrecho) hasta hacer cumbre en Foncebadón. Y al poco, otro milagro.

En mitad del camino, al lado de una carretera con el asfalto (literalmente) derritiéndose, aparece. Siento que se posa en mi pantorrilla y, gorro en mano, lo espanto. Pero no he visto insecto más cerril en mi vida, el mamón sigue erre que erre intentando posarse (y picarme, claro). Le doy golpes, lo insulto, corro; en un primer momento pienso que he vencido y continúo mi Camino. Pero no, nada puede contra un tábano encelado. Finalmente, me termina picando: Lucifer vestido de tábano. Me pica en la pantorrilla derecha, justo encima de mi tobillo-globo.

Y poco después, lo empiezo a notar… O quizá sea mi imaginación… ¿Es posible que mi tobillo esté desinflándose? ¿Es posible que al quitarme el calcetín la cosa haya empezado a circular y drenar? ¿O quizá haya sido por el picotazo del tábano, que no era Lucifer, sino Santiago disfrazado?

El caso es que me siento cada vez mejor. Noto que empiezo a brillar de nuevo, a caminar con el brío perdido, a sentirme capaz de todo… menos de luchar contra el destino. Y es que mi destino no era dormir en Foncebadón. Tras casi 50 km de etapa, casi toda ella para arriba, llego al pueblo y el pueblo no me quiere. Está abarrotado, con gente por todos lados. Busco cama en tres o cuatro albergues… Pueblo arriba, pueblo abajo. Nada que hacer. Unos paisanos que toman una cerveza en una terraza me ven pasar mochila al hombro unas cuantas veces; me dan ánimos. Además, tienes que dormir aquí, porque ahora ya no te puedes ir a Manjarín…. Claro, ya no me puedo ir… Espera, ¿cómo que no me puedo ir? ¿Quién lo dijo? Vale, son las 7 de la tarde y llegaré allí sobre las 8. ¿Y?

Me despido de los paisanos y les doy gracias por su ayuda, y reemprendo la marcha. Después de tirar una piedra en A Cruz do Ferro, llego a Manjarín y a su albergue templario. Me recibe Manuel, un caballero de su tiempo, más cercano al friki vende-tebeos de los Simpsons que a Lancelote.

Decido dormir al raso, en un prado cercano. Lo preparo todo (colchoneta, saco, mochila…), y según estoy cerrando la cremallera, oigo en un bosquecillo cercano: “GGGRRRR…”. Me quedo blanco, no sé si por miedo o por tener que desarmar el chiringuito. El caso es que decido apartarme del bosque y dormir en medio del prado, cuando reparo en que la boquilla de la colchoneta ha desaparecido. Mi frontal apenas si da luz y soy incapaz de encontrarla… Con la noche encima, recojo de nuevo mi petate y vuelvo al albergue, en el que ya descansan un par de peregrinos.

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