Etapa 9: Hontanas – Villalcázar de Sirga

Etapa 9Y llegó el día: me perdí. Comienzo a caminar antes de las 5, leo la guía y me pongo en modo automático: llegaré a un cruce y de allí saldrá un camino por la derecha. Llego al cruce y hago lo que mi cabeza me dice que hay que hacer: cojo el primer camino que surge por la derecha. Quizá haya visto o creído ver algo parecido a una flecha amarilla. Continúo. El camino se va bifurcando y no paro, voy eligiendo y justificando todas mis decisiones (a pesar de que no veo señal alguna). Camino sin rumbo, consciente de que la he cagado… Hasta que me doy cuenta de que mi camino me lleva al sol naciente, al Este…

Acepto la realidad: me siento totalmente perdido, en medio de la oscuridad, sin nadie a quien preguntar. Decido caminar en sentido contrario, con la esperanza de cruzarme con algo o con alguien que me ayude a volver a mi senda. El camino va muriendo y yo sigo empecinado en continuar en esa dirección. Ya no sé lo que pisan mis pies; estoy en medio del campo, con un frontal que languidece, sin un camino que seguir. Avanzo y avanzo hasta que llego al final de aquella llanura, a partir de aquí el terreno desciende abruptamente.

Y en ese momento, cuando la desesperación y la duda inundan mi alma, escucho algo. Creo que son palabras, dos personas que hablan a lo lejos. Además, creo ver la luz de un frontal en lontananza.

¡HOLA! ¿Es el Caminoooo? SÍÍÍ… Lo siento como un milagro, como un guiño para que no me deje vencer por la desesperanza.

Me lanzo ladera abajo por medio del monte, hasta bajarla del todo. Y entonces, con las sandalias llenas de rastrojos, encuentro una flecha amarilla: una aparición mariana que me llena de gozo y calma.

Me paro y reflexiono. ¿Qué me ha llevado a perderme? ¿Qué me ha empujado a seguir un camino que, casi desde el primer momento, intuía que no era el bueno? Y la respuesta es clara: la Prisa. Prisa por hacer etapas largas; prisa por llegar a Santiago antes del día 20; prisa por oír los elogios de la gente (“el Camino de Santiago en 18 días, ¡qué tío!”). Y cambio mi enfoque: decido tomarme el Camino de otra manera, yendo a buen ritmo, pero sin ninguna presión. Don’t think, just walk and enjoy!

Continúo la etapa. Paso por Castrojeriz, el pueblo cruasán. Después de una subida breve y pina aparece en todo su esplendor Castilla: pura recta infinita, pura meseta. Antes de llegar a Frómista hago una parada en una alameda junto al Canal de Castilla. Decido echarme una siesta en condiciones, con colchoneta y todo. El frescor del agua y el susurro de los árboles me acompañan en esas dos horas de asueto. Después, paro en un restaurante a comer de menú (ensalada mixta y pollo con salsa de almendras), ¡se acabó la miseria! Todo es nuevo en mi nuevo Camino: siesta y comida caliente.

Y mi energía crece. Afronto mis últimos 13 km como si fuesen los primeros, hasta llegar a Villalcázar de Sirga pletórico. Y al poco veo por allí esa figura pizpireta que ya forma parte de mi Camino: Filippo ha vuelto a parar en el mismo pueblo. Alucinante. Y más alucinante: el peregrino que me contestó que sí, que aquel era el camino, no fue otro que él: mi ángel italiano…

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