Etapa 8: Agés – Hontanas

Etapa 8Me levanto temprano (sobre las 4 am), me preparo y salgo. Salgo al frío castellano: ayer, fácilmente 35 grados; esta mañana, menos de 10. Arrecia un viento fuerte que te despabila a la fuerza. Lo bueno es que sopla de cola y me ayuda a volar en la aurora.

Llego a Burgos temprano, tanto que la catedral aún no está visible. Asomo la gaita lo poco que me dejan: suficiente para pasmarme.

Continúo entonces mi camino. Mi objetivo es Hontanas, espero lograrlo porque amenaza con ser otro día de calor infinito. Paro en Rabé de las Calzadas a refrescar mis pies. Gran acierto. Se acerca un final de etapa muy duro: una pista pedregosa en medio de campos de cultivo, casi desarbolada por completo, en un día tórrido.

Entre Rabé y Hontanas 20 km con un solo pueblo en medio: Hornillos del Camino. Una sola y larga calle, un decorado de western sin sheriff, una sucesión de casas descansando las unas sobre las otras, fichas de un dominó gigante (el día que caiga la primera se llevará por delante al resto).

Relleno la cantimplora y tiro hacia delante, confiado en la existencia de un pueblo donde parar a descansar antes de llegar a Hontanas. Pero el pueblo no era tal, sino un albergue a la vera de un arroyo, retirado unos 500 metros del camino. Y a las 2 de la tarde en pleno julio, en el páramo castellano, 500 son muchos metros… Esperaba un pueblo que no existía más que en mi mente. Quería ese pueblo, quería sombras, quería agua, quería descansar unos minutos después de haber caminado más de una hora bajo un sol inclemente desde que dejé aquella postal del spagetti-western… Y mi cabeza explota. Empiezo a echar fuego por la boca y me cago en todo bicho viviente: en el albergue, en el pueblo fantasma, en Santi y en el sursuncorda.

Y así sigo otra hora más, asándome al son de la música de mi móvil… Y cuando parece que Hontanas va a ser otra broma del Camino, aparece y deslumbra. Aparece porque no lo ves hasta que no lo tienes delante de tus narices, y deslumbra por su belleza y por el deseo de alcanzarlo: un oasis después de más de dos horas de marcha en medio de la nada.

54 km a buen ritmo (12 h), bien merecen una hamburguesa con patatas que devoro en escasos minutos, mientras observo cómo mi hermano Filippo aparece cantando por el camino para volver a hacer parada y fonda en el mismo lugar que yo.

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