Etapa 5: Torres del Río – Navarrete

DSC_0415Noche muy calurosa (otra). Duermo con una toalla empapada bajo mi espalda (fatal pa’la reuma, ya sé, pero al menos consigo dormir algo). El despertador de un peregrino pelín teniente despierta a medio pueblo; son las 4:30. Me pongo en pie y antes de las 5 estoy de nuevo on the road.

Paso por Viana, donde una panadera da gracias de que ayer entrara el norte; se estaba mucho mejor, según ella. Me entero de que no es un señor sino el viento que sopla desde ese punto cardinal (creo que a Torres no apareció).

Y sigo camino hacia Logroño, camino a la esperanza, camino a mi nueva vida de peregrino con mi nuevo calzado en los pies. Porque sigo caminando más lento que mi abuela…

Cruzo el puente sobre el majestuoso Ebro y entro en una zapatería céntrica. Le pido a la dependienta (gafas y desconfianza toda ella) unas sandalias peregrinas. Me saca dos modelos y elijo el que mejor me sujeta el pie, aunque su suela sea más rígida. Y rezo. Rezo para que aquello suponga una catarsis en mi camino, un nuevo comienzo, un borrón y cuenta nueva a partir del cual volver a caminar con la fuerza y la alegría del primer día.

Y empiezo a caminar, y sonrío: puedo pisar piedras sin ver las estrellas. Y respiro aliviado.

Después de dejar atrás el precioso embalse de La Grajera continúo mi camino hacia Navarrete. Paso al lado de la oficina de Marcelino, una especie de ácido Tragamillas. Y así, con el ánimo renovado y con unos pies que me dan las gracias en cada paso, llego al lindo Navarrete. Marcel, el simpático hospitalero gabacho (valga el oxímoron) me da la bienvenida y me adjudica la habitación número 3, la de los jóvenes. Entro en ella y me tumbo con las piernas en alto. Una húngara con hombros de nadadora y ojos inmensos, un canadiense, una sueca, un coreano… Yo el único español entre once guiris: cool!

Sigo entonces el consejo del hombre oPaco: pongo mis pies en remojo con agua, vinagre y sal. Y así me tiro más de una hora, escribiendo y viendo cómo Marcel hace crepes en su plancha circular y cómo intenta aleccionar a su hijo Mael; hasta yo hago mis primeros pinitos como crepero.

Hoy me cuido más mis maltrechos pies: piernas en alto, salmuera, bálsamo de hipérico, alcohol de romero… Y empiezo a ver claro que ellos son mucho más importantes que las rígidas metas que me vaya imponiendo mi cabeza.

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