El corrector

correctorTras cuarenta años de dejarse llevar por las azarosas corrientes que gobernaban su vida, Fulgen descubrió a qué quería dedicar el resto de su existencia: iba a convertirse en corrector de textos.

Desde niño había leído con regularidad. Siempre tenía un libro cerca, no tanto por su insaciable voracidad lectora, sino más bien como un elemento de seguridad. Si no iba a todos lados con un libro en la mano o en su mochila se sentía desnudo, desprotegido; era un salvavidas que le daba la posibilidad de zambullirse con tranquilidad en otras realidades en cualquier momento del día cuando su realidad real se pusiera peliaguda.

¿Y qué solía leer? Pues un poco de todo, pero sobre todo ficción: novelas y cuentos. Disfrutaba con los escritores que no lo exponían todo con luminosa claridad y de forma remarcada, con los que dejaban partes de la historia latentes para que el lector las fuese descubriendo. Autores que confiaban en el lector, en su capacidad para ir más allá de lo evidente. Estas historias admitían siempre una segunda lectura, pues muchas veces se escapaban detalles en la primera. Sus gustos, como no podía ser de otra forma, evolucionaron: desde las primeras lecturas de aventuras exóticas, pasando por el romanticismo pelín moñas en su juventud, hasta llegar a la narración simple, cruda y sin alharacas en su madurez.

En realidad él quería ser escritor. Quería crear, pero no creía que pudiese llegar a ser capaz de hacerlo con un mínimo de enjundia. Quería ser pero no creía poder llegar a serlo. Estaba convencido de que carecía del talento suficiente para lograrlo. Ignoraba que el talento hay que buscarlo y trabajarlo, no es un premio que alguien superior nos otorgue por puro azar (o como dicen los marineros ingleses: If you don’t know a knot, tie a lot). Para que el talento llegue hay que echar muchas horas de esfuerzo, hay que producir mucho carbón hasta llegar a crear un pequeño diamante, porque finalmente uno y otro están compuestos de lo mismo: Carbono (o sea, palabras).

Pero Fulgen quería convertirse en un escritor talentoso y reconocido de la noche a la mañana, y eso no podía ser. Cualquier artista, es decir, cualquier persona que domine alguna actividad, ha pasado mucho tiempo aburriéndose e iterando sus formas básicas hasta lograr el dominio que hoy tiene. Tras la repetición llega la magia. El problema de Fulgen habitaba en su cabeza, no era capaz de ver la realidad de sus capacidades; se juzgaba duramente y no dejaba que aflorase su verdadera potencialidad.

Por todo ello se convenció de que su máxima aspiración era llegar a corregir lo que otros habían creado. Y ahí se quedó: logró un puesto de corrector en una pequeña editorial y se mantuvo allí hasta que le llegó la hora de la jubilación. Tenía condiciones para un 9,5 y se conformó con un 7.

Y es que, antes de transpirar, para lograr el éxito hay que tener la suficiente inspiración para no dudar de que, te lleve donde te lleve, aquél es sin duda tu camino.

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