Piel

Una vez leí lo siguiente: “Lástima que sapio y somasexualidad cohabiten mi corazón a un mismo nivel, como dos caras de una misma realidad: un yin que se queda en anécdota sin el correspondiente yang que lo complete”. Como comprenderás, aquellas palabras me epataron que te cagas; tanta sabiduría y buen hacer literario dejaron mella en mi baqueteada alma. Al poco me di cuenta de que tan sublime disertación no hacía sino radiografiar uno de los (escasos) pétreos mandamientos que habían ido jalonando mi existencia: para que una chica me guste de verdad lo tiene que hacer globalmente, debemos hablar el mismo idioma en la mesa camilla y en la piltra, si no la cosa no va a fluir ni de blas.

Porque, claro, para hacer de verdad el amor con una mujer (yendo más allá de la típica sesión de zumba camero), la complicidad fuera de las sábanas es una premisa ineludible, tanto o más que la atracción física; ¿cómo si no se van a entender nuestros cuerpos si nuestras almas previamente no se ajuntan ni con calzador? Es de primero de romanticismo: me enamoro del lote o no me enamoro, sin más.

En esas andaba yo, feliz en brazos de aquel aforismo simple y límpido que tanta calma me daba, cuando la vida me regaló una prueba bien tangible de lo poco que sé acerca de casi todo. Llevaba una temporada regulera en cuanto a ligoteo: entre la pandemia de mírame y no me toques y mi sibaritismo de ídem no me jalaba una paraguaya desde hacía un par de eones. Y de repente sucedió que alguien a quien yo había catalogado de futurible sin futuro dio muestras impepinables de cierto interés por este bloguero boomer.

Si te soy sincero (y créeme que no puedo dejar de serlo; nací con esa tara), aquello pintaba bien para un rato y poco más: cierta atracción mutua que, gracias al cielo, iba a terminar en copulismo para finiquitar su neonatez un par de horas después con un beso y una flor. Allí había poco más que rascar. Vale que ella era atractiva y sus formas anunciaban una noche jacarandosa, pero más allá de eso, mi sabiduría medio secular me quitaba cualquier atisbo de eterismo: faena aseada, media pescuecera y para casa. Fin del cuento.

Y te preguntarás (y si no lo haces, peor para ti): ¿cómo podías estar tan seguro de que aquello no iba a llegar ni al descansillo? Joder, la tía era sexy y tu estiaje sexual abarcaba ya varias generaciones; la vaina pintaba bien para intentar prolongarla un tiempito, al menos. Claro que sí, el problema estaba en que durante las pocas veces que nos habíamos visto antes del ayuntamiento lo nuestro había fluido a trompicones, sin pasar del cliché de turno y la obviedad más inocua. Aquel motor perdía aceite desde el km 0 y amenazaba con griparse a la mínima.

La sapiosexualidad ni estaba ni se la esperaba, así que, haciendo caso del silogismo con que empezó esta mandanga, Cupido ya podía dejar de malgastar flechas porque allí no había ni diana siquiera. Está claro que a quien nada espera, muy mal se le tiene que dar para terminar defraudado; y éste sí que es un leit motiv al que me aferro cual garrapata hipoglucémica.

Lo que vino después, como imaginarás, no se correspondió en nada con mis vaticinios de oráculo glaucomatoso. Nunca antes una primera noche con una mujer me había dejado tan sonado. Fue como si el desencuentro infinito por el que transitaban nuestros egos se hubiese convertido de golpe en pura sinergia amorosa en cuanto bajamos la luz y la guardia. Todo el ahínco grumoso que había necesitado para aguantar con dignidad las dos horas previas de vituallas y cascarra de ascensor se convirtió, como por ensalmo, en una sorprendente cascada de ligereza y ternura en el mismo instante en que nuestros labios se encontraron por primera vez.

No sé cómo cojones ocurrió, pero la incapacidad para comunicarnos en nuestra vida civil desapareció en cuanto empezamos a quitarnos ropa. Ahora sí que nos entendíamos sin mediar apenas palabra: la marciana y el selenita habían encontrado una lengua común, la dérmica, en la que todo cuadraba sin esfuerzo ni remedio. Al final, a mi manera y contra todo pronóstico, me había enamorado de aquella mujer que nada me decía (de su cara b, al menos). Porque todas las veces que compartimos lecho, lo que asomaba a mi alma no era más que eso: amor a espuertas. Y no sé si la inopinada catarsis se debió a un cambio en mi forma de relacionarme con ella, o fue ella la que se fue quitando capas de mochufismo a la vez que de ropa; es lo mismo, el caso es que lo que yo vivencié en aquellos bellísimos encuentros fue algo muy puro y muy lindo.

Evidentemente, no me hacía muchas ilusiones: la casa traía aluminosis desde los cimientos. Era claro que aquel edificio iba a colapsar más temprano que tarde. La única posibilidad de alargar la vida del enfermo era que a los dos nos valiese así, tal cual estaba, que nos conformáramos con lo que había, sin hacernos pajas mentales ni empeñarnos en ver un espejismo dual donde sólo relucía un oasis de piel.

Y fue ella la que dijo hasta aquí, esto no es lo que quiero. Intenté hacerle comprender que a mí también me apetecía que aquello tuviese más recorrido, enamorarme de ella hasta las ternillas y pasar varios años juntos, ahítos el uno del otro, pero que la realidad era otra, y que a mí me valía. Seguro que intuyes que si no llega a ser por su línea roja yo hubiese seguido engollipándome con su piel durante mucho mucho tiempo, incapaz de poner fin a algo que me llenaba apenas medio depósito, porque el otro medio ya me buscaría yo las mañas para colmarlo.

Y es que al final todo es más simple. A la mierda el sobreanálisis y la vida algorítmica. Aceptémoslo: el catre tiene razones que la razón no entiende. Punto.

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