Bautismo

Probablemente si te cuento que lloré con el gol de Koeman en Wembley y me quedé sin voz cuando Iniesta la rompió en Stamford Bridge te preguntarás qué cojones hago llamando a esta ventanilla; arquearás entonces una ceja a lo Carletto y sacarás la lupa del cajón (si es que no pasas a la siguiente entrada, claro). A ver qué rollo me suelta el renegado este. Seguro que conoció a una tía vikinga que le molaba mogollón pero que no le daba bola, y se le ocurrió convertirse al merenguismo para que así su corazón se ablandara siquiera un poquito. O simplemente es un chaquetero-veleta con menos cimientos que un castillo de naipes que anda sondeando el mercado a la busca y captura de likes y amiguitos.

Porque, en qué cabeza cabe que un seguidor del eterno rival de repente un día se caiga del caballo y vea la luz. Que de equipo y de madre no se cambia nunca, impostor. Las epifanías tan radicales tienen más de corchopán que de otra cosa. ¿¡Cómo vas a pasar del negro al blanco así por las buenas!? O te explicas bien clarito, con notas al pie y toda la pesca, o esto va a quedar de un pastoso que no se va a tragar ni la madre que te sufrió.

Vale, a ver si me sale. De primeras te voy a dar la razón: yo no cambié de equipo, es cierto; yo simplemente cambié, lo del equipo vino por añadidura, de forma casi natural, consustancial a mi regeneración global. Ojo que se aviene drama duro, del palo: hombre desesperado en caída libre llega a tocar fondo para impulsarse y reinventarse a sí mismo. Voy un momento a por clínex y ahora te sigo leyendo.

Habían sido muchos lustros al otro lado de la carretera, bien calentito en mi lecho de victimismo y complejos, odiando más cualquier cosa que rezumara albo que amando las proezas de mi (más que un) club. Sí, yo era un antimadridista de manual, un hater nato. Y encima me creía mejor que cualquiera. Cómo explicar si no que alguien nacido a unos pocos cientos de metros del Bernabéu hubiese cogido la ruta chunga, la de los elegidos: un camino de cabras con escaso tránsito y abundancia de baches.

Me sentía en el cortijo de los buenos, de los que jugaban (de verdad) al fútbol y meaban (colonia) más largo, en las antípodas de aquel reverso blanco tan tenebroso y torticero. Si es que los madridistas no tenéis ni puta idea de fútbol, sólo sabéis del Madrid, no os interesa nada más allá. Estáis embrutecidos en vuestro mundo de 2×2, con la mente atrofiada de tanta condescendencia endogámica. Os creéis los mejores y lo vuestro no es más que potra y connivencia arbitral.

Evidentemente, aquello no me llegó vía aparición mariana, se debió básicamente al influjo familiar. Y ya se sabe que a poco que presiones a un niño, harás de sus simpatías y fobias lo que te dé la real gana. O me hacía culé o en casa no me iban a ajuntar. Y lo que en ningún caso se iba a permitir era que en un arrebato de rebeldía mis amores circularan Castellana abajo hasta Concha Espina; antes lo lanzamos desde el Taigeto y a otra cosa.

Y para más inri, me hice forofo, de ésos que balizan su existencia según los días en que la suerte les sonríe y su equipo (o su némesis) tienen partido. Yo vivía para animar a mis colores (o a los del que tuviera enfrente mi odiado rival), lo demás era secundario, una guarnición sin gracia que me servía la vida para ir tirando hasta llegar al jugoso chuletón del día del partido. Y así durante una pila de años, más radical en mi adolescencia y primera juventud, pero siempre con ese prurito de inquina achicándome el alma.

Entonces llegó el otoño de 2017 y el equipo de mis amores se posicionó sin ambages del lado del supremacismo nacionalista más rancio y anacrónico. Fue una suerte, la verdad. De repente un día me miré al espejo y dije: Hasta aquí. Así de simple. Aquel escudo que me había acompañado durante mi tortuoso camino dejó de significar nada, más allá de una progresiva e inexorable repulsa. De un día para otro, sin comerlo ni beberlo, me había quedado desnudo (sin equipo), en medio de una calma chicha ecléctica que más que paz me generaba desasosiego. Joder, si yo cada día estaba más a gusto en mi piel masculina, simplificando mi existencia, alejándola del buenrollismo y la androginia; y ahora me veía condenado a no volver a catar más aquellos caldos atávicos e irracionales, en los que la pasión me desbordaba tanto que ya no sabía ni quién cojones era.

Ni de Blas, aquello había que solucionarlo de alguna manera, me tenía que buscar unos nuevos colores que amar. Vale, ya lo tengo, a saco con la marca blanca de mi antigua filia: me voy a hacer colchonero… Y lo intenté, créeme. Era la salida más lógica, la menos traumática: daba portazo a mi yo futbolero pasado para renacer en el pueblo de al lado, bien cerquita, así aquello iba escocer sólo lo justo. Todo muy digerible para familiares y amigos. Un pequeño movimiento sin gran repercusión social: total, qué más da a quién apoye, mientras siga declarando su odio eterno al blanco; ahí está el pilar básico, el que le hace reconocible, su viga maestra; lo otro es puro aditamento, farfolla totalmente prescindible.

Pero no, aquello se me hacía bola. Había cambiado de andén para seguir en el mismo sitio. Ya no me valía el compadreo bienqueda, la impostura apestaba a la legua. Había llegado el momento de echarle pelotas. Caretas fuera. A mí me tira el Madrid, y no sé bien por qué; vale que Zidane me cae de puta madre y a ratos me gusta cómo juega el equipo, pero hay algo más que se me escapa… Y es que cuando odias algo, en el fondo no haces otra cosa que admirarlo, envidiarlo y temerlo; en realidad te sientes muy poquita cosa a su lado; la aversión más profunda no refleja otra cosa que un complejo de inferioridad como un piano de grande. Sí, se me avenía un tsunami de incomprensión y ojiplatismo dentro de mi entorno, como comprenderás. Que si chaquetero, que si no me lo creo, que si eres un puto fake… Me zampé unas cuantas de esas, nada que no estuviese en el guion. Y así, de a poquito, se me fue vikinguizando el alma, y al resto del mundo le fue quedando claro que no iba de farol.

Y entonces llegó el 9 de marzo de 2022, un martes gris como su puta madre. Aquella mañana decidí hacer algo inusitado: empleé mi media hora del desayuno en acercarme al Factory Adidas de al lado del curro y comprarme mi primera camiseta del Madrid. Casi medio siglo después de mi primer vagido me había dejado los cuartos en tamaña nadería. Sí, todo el amor que profesé a mis antiguos colores nunca fue suficiente para afrontar semejante dispendio. Algo estaba cambiando en mi vida, ahora sí que no había duda.

Y aquella noche (la del estreno de mi nueva equipación) la catarsis se completó. Comenzaba la segunda parte y el desánimo me invadía hasta las ternillas: A ver si nos meten otros dos rápido y me voy a casa, que mañana madrugo. La querencia a la mustiez de años y años de pesimismo futbolero (y existencial) se me colaba por la puerta de atrás; aquello era peor que merendar cristales.

Y entonces un relámpago lo cambió todo: unos tipos que se habían pasado una hora persiguiendo sombras, en medio de un vapuleo inverosímil, de repente revierten la situación y con unas pelotas descomunales son capaces de comerse crudo a un rival que hasta entonces parecía haber inventado el fútbol. Fue en los albores de aquella enajenación adrenalínica cuando me llegó mi particular zambullida al Jordán, justo después de empatar la eliminatoria, cuando resoplando y casi sin voz le dije a mi amigo Javi: Ahora tranquilos, a ver si la vamos a cagar… A lo que él, con unos ojos que parecían no conocer la duda, me suelta: ¡Pero qué dices, tío, ahora a por ellos!; ¡esto sí!, ¡esto sí que es el Madrid, joder!

Así que eso era el Madrid, un equipo que pelea hasta el final y no conoce el miedo, un perpetuo renacido al que no debes dar nunca por muerto. Mirada al frente y al resto qldn. Cómo no iba a declarar mi amor eterno a esos tíos si la obra maestra que acababan de firmar había calcado los vericuetos existenciales que me habían llevado hasta aquel momento de clarividencia y frenesí. Aquello era una sobredosis de vida; y yo, un yonqui sin remedio.

Nunca una decisión fue tan difícil; nunca una elección fue más acertada.

¡Hala Madrid!

Esta entrada fue publicada en Diarios Chuskos. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.