Caballeros

Hubo un tiempo… ¡Hey!, echa el freno, mamacharcos. No pretenderás continuar con el serial ese de: Mira que alma en pena fui y flipa cómo molo ahora. No te das cuenta de que te repites más que el salmorejo, zampabollos. Que ya jumea el rollito ese de la catarsis existencial que tanto te mola. Además, a ver si un día nos cuentas de verdad cómo fue la epifanía aquella que tanto bien te hizo. ¿Qué pasó?, ¿ibas un día paseando por el monte a tus cosas, se te apareció el buda disfrazado de pastorcilla y te reveló el sentido de la vida o qué?

Decía que, tiempo ha, mi visión del mundo no tenía fisuras, todo estaba clarinete cual pipí de recién nacido. En aquellos momentos la humanidad básicamente se dividía en dos: los malos y las mujeres. Simple, sencillo, práctico. Bueno, había un tercer grupo (selecto que te cagas, claro): los hombres que amaban a las mujeres (del que, por supuesto, mi menda formaba parte). Cualquier conflicto entre géneros tenía adjudicada la sentencia desde el minuto uno: un culpable (él) más una víctima (ella). Daba igual lo que hubiera ocurrido, yo ya sabía quién era el malo de la peli, y no estaba dispuesto a cambiar la tranquilidad de mi conciencia por una mirada más amplia y ecuánime.

El paladín de las xx, su seguro defensor. Por fin un hombre distinto, uno que no iba a lo suyo, ni ponía cuernos, ni sólo pensaba en eso, que no desaparecía ante el primer atisbo de compromiso; un tío con quien poder hablar de todo, porque te comprendía como una amiga, empatizaba contigo, estaba siempre ahí; una mano amiga que te acariciaba el lomo cuando más lo necesitabas. Mi vida era un gineceo continuo (y yo tan contento) en el que de vez en cuando aparecía algún marciano con picha para reafirmarme en mi pilar existencial: Yo no era como ellos, yo era especial.

O sea, que yo me aclare, resulta que hace la pila de años (porque, mendrugo mío, por mucho que te joda, ya podrías ser bosque) tu papel en la obra era el de amigo de todas, ¿no es eso? Un tío supercercano que con voz atiplada (luego vino Pérez-Castejón y te quitó las pegatinas) se dedicaba a cebar cualquier queja femenina sobre lo malísimos que somos los hombres. Vamos, que no veías forma de acercarte a ellas y decidiste travestirte el alma y aparentar lo que en el fondo ni fuiste, ni eres, ni serás. Puede ser, alter ego preclaro, pero no te quedes en lo evidente y dale una vueltita. ¿Qué me llevó a ese lugar? Pues que no te jalabas ni media paraguaya, como si lo viera, supernena.

No, no fue eso. La respuesta viene de más atrás, del principio de los tiempos (de mis tiempos), de los años y años que llevaba empapuzándome del discurso materno (Laura Gutman no tendría duda en este punto), de las quejas continuas que escuchaba a diario, de no haber tenido forma de cribar todo ese grano viciado con que alimentaba mi permeable alma. Me lo zampé enterito, sin pelar, y me autoconvencí de que allí residía la verdad, de que ése era mi camino: no ser mi padre, no ser hombre.

Cuando te sale la vena psicoanalítica no hay quien te aguante, letanías. No te hagas líos, si busco la raíz de la historia no es para solucionar nada (qué más da cómo he llegado hasta aquí, lo importante es dónde me hallo hoy y hacia dónde me quiero dirigir), más bien es una reflexión en alto para llenar de luz y taquígrafos mi camino. Y ese insight ya es en sí mismo sanador. No hace falta meterle más bombo. Trabajar sobre el pasado es como regar Los Monegros con cubo de playa. Imagina que hubiese llegado a ese rol de caballero andante eterno defensor de damiselas en apuros desde el polo positivo. Imagina que hubiese pasado mi infancia y juventud entre mujeres y que fuese ésa mi forma de agradecer tanto amor y cuidados. ¿Cambiaría en algo mi visión sesgada de las relaciones entre mujeres y hombres? No.

Sé que todo esto es contracultural hoy día, que es precisamente ese tipo de hombre pelín andrógino, ése que no levanta la voz ni para pedir una de bravas, el que ahora se estila. Seguramente esté más desfasado que el Nodo y el conductor suicida sea yo y no el resto. Además, tendría que alegrarme de lo mucho que se ha logrado avanzar en tema de igualdad, sobre todo con esa oda al oxímoron llamada discriminación positiva: qué más da que sea inconstitucional precisamente porque discrimina, lo importante es que es positiva, hostia. (A ver si va a resultar que anida en ti otro fascista con piel de progre).

En fin, se ve que mi sino son las carreteras secundarias (y no jamarte un colín, machoto). Oye, renacido, que al final te ha quedao esto más ácido que un yogurt de limón. Cierto, y no era la idea, la verdad. Pues finiquita con un mensaje de esperanza, pollavieja, alguna mandanga del palo: Imagina que no hubiera cielo, es fácil si lo intentas… O algo más de andar por casa: Mujeres del mundo, hubo un tiempo en que os amé a todas; hoy sólo me da para unas pocas (ya me perdonaréis). Ni lo toques. (Así escribe un blog hasta mi gato, no te giba).

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1 respuesta a Caballeros

  1. Santi dijo:

    Un consejo: distingue entre hombres y mujeres sólo en la cama (si llegara el caso) para todo lo demás no hace falta.
    Bueno, dos: como tú bien dices no intentes regar los Monegros con un balde, olvídate del Chus amante de las mujeres por si acaso es él el que te hace correr hacia el lado contrario.

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